Un fantasma en comisaría: La Policía Nacional asegura que tiene “un caso sin resolver” .

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La Policía Nacional asegura que tiene “un caso sin resolver” en Vitoria. Al sospechoso lo llaman Andresito. Ronda los 10 años y apenas levanta un palmo del suelo, pero ha tenido atemorizado a medio cuerpo durante varias décadas. ¿Se trata de terrorismo? ¿De crimen organizado? ¿Es un asesinato, quizás? No. Es el fantasma de la comisaría, que se ha materializado en “numerosas ocasiones” en su edificio, levantado en el franquismo sobre los restos de un antiguo convento franciscano donde Adriano VI ofreció su primera misa como Papa en 1522.

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La de Andresito puede parecer una leyenda urbana. Una más de las que han llenado los programas de Iker Jiménez o Fernando Jiménez del Oso. O la historia que entretiene a los turistas que cada sábado por la mañana se detienen con su guía en la plazoleta de entrada al lugar después de conocer algunos de los monumentos más característicos del ensanche vitoriano.

Pero esta vez es el propio Ministerio del Interior quien confiere toda la credibilidadal asunto en el apartado de su web institucional dedicada a la jefatura de Vitoria. La comisaría en cuestión, ocupada básicamente de la tramitación del DNI y el pasaporte desde la apertura del moderno cuartel de las afueras, está emplazada en pleno centro de la capital vasca. Es una gran manzana gubernamental compartida con la Subdelegación del Gobierno, los antiguos juzgados ahora abandonados y la sede de Hacienda. Allí, en la casa de los asuntos económicos, en su ostentoso vestíbulo de remates dorados, detalles de mármol y escalera de madera, es donde se originó esta historia.

“Una noche de 1994”, se lee en la página oficial de la Policia, “uno de los vigilantes que se encontraba en el puesto de control [de Hacienda] vio pasar a dos figuras bajando por las escaleras. Un hombre de edad avanzada y un niño, ambos cogidos de la mano. Después de darles el alto y explicarles que no podían permanecer en el edificio de madrugada, el vigilante optó por dirigirse a la vecina comisaría en busca de ayuda, ya que los intrusos no le respondían ni prestaban la menor atención. De vuelta, agentes y vigilante registraron el recinto sin encontrar rastro alguno del abuelo o del nieto”. Era “materialmente imposible” que la pareja se hubiera fugado, ya que el edificio estaba cerrado “a cal y canto”, argumentó el guarda.

El miedo de los guardias

Aquel crío era Andresito, esta vez acompañado. El mismo espectro que unos pocos años atrás llevó al parapsicólogo Prudencio Muguruza -luego reconvertido en futurólogo de televisión local- a advertir públicamente de que en aquel edificio podrían pasar cosas terribles a causa del niño que atravesaba sus paredes jugando con una pelota. Lo sucedido en 1994, según la versión oficial, tuvo consecuencias. “Es un edificio conflictivo en sí mismo. Incluso por problemas con los guardias de seguridad, que no querían hacerse cargo de este lugar, se optó por eliminar la vigilancia humana y dar paso a la tecnología“, dice la Policía en internet.

Al espigado Santos, un agente de Villanueva de la Serena (Badajoz) destinado al País Vasco, Andresito no le produjo temor. Más bien interés. Pocos funcionarios olvidan a aquel policía alto, calvo, abigotado y desgarbado que, siempre con su mochila a cuestas, se hizo amigo del vigilante que dio la voz de alarma. Le creyó y decidió instalar un gran radiocasete en los calabozos de la comisaría para grabar por las noches “psicofonías” de un fantasma que, mediados los años 90, aún no tenía nombre. Lo bautizó una funcionaria. Creía que el nombre infantil, el de Andresito, aliviaría los temores.

“Yo no creo en nada. Ni en el cielo. Pero cuando Santos me puso el casete, yo escuché como unos quejíos, unos gritos. No se entendía nada, pero yo lo oí con estos oídos”, comenta haciendo ademanes un compañero del policía extremeño. Como este funcionario, son muchos los que aseguran haber sentido “algo” en el edificio. Hasta los agentes con galones que han tenido su residencia oficial en el lugar han sido avisados del supuesto espectro cuando se disponían a hacer la mudanza. A un alto funcionario del Gobierno le dijeron: “Ten cuidado cuando te quedes solo por la noche, que aquí hay un fantasma”. Aun así, nadie acredita haber visto nada. Al menos más allá de un vídeo emitido por Iker Jiménez en Cuarto Milenio que acumula varios miles de visitas en Youtube.

“Eso lo hizo el que me hacía las vacaciones para sacarse un dinero. Se trajo una noche a su sobrino y lo cubrió con una sábana. Ya está”, dice un vigilante sobre las imágenes con luz infrarroja emitidas por La Nave del Misterio. En ellas se ve perfectamente cómo un pequeño corretea por el vestíbulo de Hacienda. El guarda, que trabajó durante años con el vigilante que corrió al ver a Andresito, garantiza no saber nada más del tema. En su cajón, sin embargo, conserva una pequeña carpeta con documentación sobre el antiguo convento y unos cuantos recortes de prensa.

El convento de Berenguela

Dice el historiador Enrique Echazarra que el viejo templo de San Francisco es la clave para entender el origen de esta leyenda. El convento, una joya arquitectónica de 7.000 metros cuadrados derribada en 1930 por oscuros intereses inmobiliarios de la época, tuvo en el siglo XIII a doña Berenguela López de Haro como una de sus grandes benefactoras. La noble, pariente del fundador de Bilbao, don Diego López de Haro, dejó escrito su testamento, que aún se conserva, y en él una advertencia final: pidió que cayera una maldición sobre quien acabase con el templo…

De aquella imponente construcción medieval apenas quedan hoy un arco y algunas paredes. Está oculta a los vitorianos, encajonada entre la comisaría y un viejo bloque de viviendas que hace de entrada al casco viejo de Vitoria. Desde la trasera de la antigua pastelería de José María Espina se pueden tocar con la mano esos restos arqueológicos. En ellos reposa un balón de fútbol que nadie sabe cómo ha llegado hasta allí.

El artesano cerró el año pasado su negocio por falta de relevo generacional. Desde entonces el local está en venta. Pero el aroma del obrador todavía endulza la atmósfera. “Un día en la calle, ya hace mucho tiempo, le dije a mi mujer: “Me dirás que estoy loco. Pero tengo que contarte algo. Yo no he visto nunca nada, pero cuando dejo algo encima de la mesa, vuelvo y ya no está”, narra el hombre sin ninguna vergüenza.

José María dice que ha vivido “cosas” en sus largos turnos de noche amasando panes y bollos. Habla de hornos que se le apagaban, de la lustrera desaparecida e incluso de corrientes de aire que le impedían moverse. El pastelero asegura haber comentado sus experiencias con otros vecinos, que le han trasladado sus temores. Él, en cambio, ha preferido hacer caja vendiendo durante años unas galletas muy especiales, las galletas de Andresito.

Fuente: http://www.elmundo.es/cronica


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